jueves, 14 de diciembre de 2017

Alfredo Guevara en el ejercicio de la crítica

Notas de Aurelio Alonso para una presentación 

Los que aquí estamos reunidos hoy participamos en la presentación de un libro importante (les pido perdón por este lugar común: siempre hay que decir que es importante), pero en este caso sería incluso un error dejarlo pasar como la mera recopilación de las críticas de cine del joven Alfredo Guevara, principalmente en el diario Hoy, órgano de los comunistas cubanos, cuando nadie imaginaba aún que dos amigos cercanos preparaban, para muy pronto, un alzamiento en armas que se volvería definitivo. Este libro se completa, además, de manera indisoluble, con el aporte de tres de sus compañeros más queridos y que mejor le conocieron: es obligado resaltar el descubrimiento en los archivos que Iván Giroud supo evaluar, el cuidadoso trabajo editorial de Camilo Pérez Casal y, de modo muy especial, el estudio introductorio de Manolo Pérez, además de cineasta importante –lo cual todos sabemos– hombre de pensamiento, como Guevara, a quien lo unió, como a los otros dos, una amistad entrañable. En su caso desde 1959 hasta que falleció. Todo esto integrado hace que no solo se trate ahora del rescate de sus primeros trabajos, sino que sea además un libro clave para entender la grandeza de una de las cabezas verdaderamente enriquecedoras del pensamiento de la Revolución Cubana.

La lectura de estas reseñas me motivó a recordar dos episodios pasados de mi vida. A finales de 1963, recién terminaba yo de impartir mi primer año de clases en el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana –dentro del más rancio canon manualista soviético, claro está– y recuerdo que un viejo comunista –un clásico hombre de partido– me pidió, sin tapujos, mi opinión sobre la polémica que se había levantado a partir del cine, entre Blas Roca y Alfredo. Yo buscaba en vano una respuesta evasiva porque me sentía identificado con criterios de Alfredo, pero el tejido en que se había iniciado mi formación ideológica no me permitía ignorar la impresión de lo que la gran figura del comunismo cubano significaba. Y mi interlocutor, a quien acababa de conocer, un militante sencillo, pero muy despierto, fijó su posición sin esperar mi respuesta. “Chico –me dijo– pues yo estoy de acuerdo con Alfredo Guevara, porque él es el que sabe de cine. Blas debe haber ido al cine cuatro o cinco veces en su vida, a ver Así se forjó el acero, La caída de Berlín, Cuando vuelan las cigüeñas, La infancia de Iván y para de contar”. Aclaro que lo decía con respeto hacia aquel hombre a quien admiraba mucho. Según me contó, sus puntos de vista eran objeto del reproche de sus viejos camaradas de partido. Aquella experiencia me hizo pensar y se grabó en mi memoria.

De los mismos días también recuerdo el intercambio con otro militante, un “cuadro” más importante por sus responsabilidades, universitario, más ilustrado en el plano teórico que el anterior, miembro del M-26-7, recién llegado al marxismo-leninismo con el paso radicalizador del proceso. En este caso, mi interlocutor se planteaba la disyuntiva de qué debía ser más importante para un comunista, si la “disciplina” o el “heroísmo”, y me explicó cómo había llegado a comprender, en su aprendizaje marxista, que la disciplina tenía que ser la virtud del revolucionario de nuestro tiempo por encima de cualquier otra. Confieso que no tenía yo “hierros” suficientes para responder a la altura de sus argumentos –ni estaba tan seguro de que no tuviera razón–, pero le dejé ver mis dudas por el dato casuístico de que encaramarse al yate Granma no había sido un acto de disciplina. Salió entonces a relucir el socorrido tema de las excepciones y por ahí acabo todo.

Acudo a estas dos vivencias –en la misma fecha, en el mismo lugar, en el mismo partido (PURSC en aquel tiempo)– en las cuales me percaté, al recordarlas con posterioridad, que cada uno de los interlocutores había hecho la reflexión que yo hubiera esperado del otro. Eran dos reflexiones de revolucionarios comprometidos en un proceso que seguía, por un camino sin precedente a una victoria insurrecta sin precedente. Comprometidos los dos, cada uno a su modo, en encontrar respuestas en la parte del nuevo camino se veían en trance de andar. El combatiente del 26 trataba de hallar las virtudes institucionalizables (por llamarle de algún modo) que el heroísmo no le garantizaba más allá de la vida de los héroes. Y con toda razón apuntó a la disciplina. Por otra parte el comunista se percataba de la necesidad de una inteligencia que corría el riesgo de ser bloqueada por la arbitrariedad de una rígida norma partidaria; pienso que se trataba en ambos casos de dilemas surgidos manera natural, como efecto de las dinámicas de integración creadas ya en aquel primer quinquenio de experiencia de cambio social.

Nos hallamos ahora ante un paquete de 83 artículos reveladores, que nos permiten conocer al joven Alfredo y la ruta de su pensamiento político y social. A través de aquellas críticas de cine y otras notas que dejan ver ya el oficio de la escritura profunda, la radicalidad de un compromiso, y un bagaje cultural sorprendente para su edad. Aunque a quienes le conocieron les puede suceder lo que a Camilo Pérez: la sensación de encontrar aquí a otro Alfredo, y asomando de distintas maneras también al que conocieron en el ICAIC, en el mundo del cine y el mundo cultural en el sentido más amplio. ¿Cuán a menudo podríamos sorprendernos  en la trampa de creer que potenciamos una convicción anteponiendo la frase “siempre he pensado que…”? Nadie ha pensado nada siempre. Todos atravesamos una infancia, crecemos y aprendemos a pensar cosas. Erramos mucho, acertamos algo, algunas ideas las retenemos unas y dejamos atrás o rectificamos otras, crecemos intelectualmente mientras estudiamos y crecemos más cuando aprendemos a someter a otros lo que pensamos y a no dejar de estudiar. Y en ese camino sin final, mientras más grande es un pensador más visible se debe hacer la hoja de ruta de su pensamiento y de su compromiso, de lo que dejó atrás y de lo que adquirió a cada paso.

Creo que una historia personal como la de Alfredo Guevara tampoco podemos reducirla a una ecuación tan simple como la superación de una mirada dogmática en una maduración heterodoxa lineal. Aunque ÉL siempre se reconociera en la herejía, porque comprendió temprano que la de Fidel era la gran herejía que le había faltado a las revoluciones que le precedieron. Las explicaciones binarias son insuficientes, pues siempre pasan por alto muchas cosas. Y la historia está llena de complejidades y de contradicciones. Quiero decir que en estos artículos se nos presenta el joven intelectual que asumía la posición más esclarecida que un estudiante de su edad podría asumir individuamente ante el sistema: la de una perspectiva socialista, dentro de la cual llegar al marxismo y a la integración institucional es también un signo de evolución, la meta de un momento. Y hacerse marxista y miembro del partido en un contexto anticomunista generalizado es mucho más que una herejía. Lo cual compartían con él otros miembros socialistas de la generación de Fidel y de Raúl (que había ingresado ya al PC), como Lionel Soto, Flavio Bravo, y otros. Destaco a los jóvenes comunistas de entonces, más cercanos a él en las posibilidades de asimilar la realidad de cambio que las generaciones de comunistas que les precedían.

Alfredo no parece haberse destacado dentro del partido por su docilidad y, como cuenta en su autobiografía, oportunamente incorporada por Manuel Pérez en su esclarecedor estudio introductorio, tuvo la suerte de encontrar apoyo en Carlos Rafael Rodríguez, el más brillante y culto de los marxistas “ortodoxos” (y recuerdo como él mismo se reconocía “original dentro de la ortodoxia”) para sacarle las castañas del fuego a Alfredo en sus confrontaciones con Mirta Aguirre. En febrero de 1956 Nikita Jruschov escandalizó al mundo revelando los crímenes de Stalin en su “Informe Secreto” al XX Congreso. Aquella revelación convulsionó a todo el movimiento comunista mundial, y al pensamiento de izquierda que se le aproximaba. Mirta dirigía, ya en la clandestinidad partidaria, los quehaceres culturales en la organización, con la asistencia de su hermano Sergio, el historiador, con menos luces y en consecuencia con menos recursos para ocultar que repetía lo que le orientaban, aspirando a la aceptación sumisa de “la verdad”. La disciplina, siempre la disciplina por encima de todo: el misterio de la fe, según el catecismo trentino, “la verdad que debemos creer aunque no podamos comprender”.

El Moncada fue definitorio para Alfredo: “Fidel le dio con este gesto un heroico vuelco al proceso”, ratifica en su autobiografía de 1962 para el partido, en tanto la dirección comunista de la época, sujeta a esquemas implantados por la III Internacional (o su sucedánea, la Cominform) “condenó el procedimiento o su oportunidad”. Alfredo, que se había mantenido en la organización apoyando e incentivando el apoyo a Fidel y al Movimiento vio llegada la hora de cortar su lazo formal con el PSP e incorporarse al M-26-7. El desembarco del Granma y la creación del foco guerrillero le daba rango de irreversibilidad a la lucha armada como única vía para derrocar la dictadura con el proyecto de justicia y equidad en un estado soberano, que quería el programa de Fidel Castro. Algunos de sus compañeros del PSP no lo entendían ni aprobaron su decisión. Violentaba con ella la disciplina partidaria. Lionel Soto, un marxista cultísimo que era su amigo, a quien Alfredo le dio a conocer razonadamente su decisión, y creyó que la había entendido aunque no la compartiera, cuenta en sus memorias medio siglo después, que rompió con él cuando Alfredo le comunicó su decisión de “abandonar la lucha”. Parece increíble pero así se interpretaba. Aunque el PSP cambió su posición a medida que avanzaba la lucha guerrillera, y terminó por incorporarse a ella como organización, no le perdonaban a Alfredo que no pusiera por delante la disciplina. No había espacio para el acto de lucidez política si no era algo que se hubiera traducido antes como orientación.

Pido disculpas por no haberles hablado de las reseñas contenidas en el volumen, pero no soy cineasta, y sobre todo, estoy convencido de que no era lo que mejor podía hacer en esta presentación.

Muchas gracias

La Habana, 13 de diciembre de 2017

jueves, 7 de diciembre de 2017

Quemar la nave

El día o la noche en que por fin lleguemos
habrá que quemar las naves
pero antes habremos metido en ellas
nuestra arrogancia masoquista
nuestros escrúpulos blandengues
nuestros menosprecios por sutiles que sean
nuestra capacidad de ser menospreciados
nuestra falsa modestia y la dulce homilía
de la autoconmiseración
y no sólo eso
también habrá en las naves a quemar
hipopótamos de wall street
pingüinos de la otan
cocodrilos del vaticano
cisnes de buckingham palace
murciélagos de el pardo
y otros materiales inflamables
el día o la noche en que por fin lleguemos
habrá sin duda que quemar las naves
así nadie trendrá riesgo ni tentación de volver
es bueno que se sepa desde ahora
que no habrá posibilidad de remar nocturnamente
hasta otra orilla que no sea la nuestra
ya que será abolida para siempre
la libertad de preferir lo injusto
y en ese solo aspecto
seremos más sectarios que dios padre
no obstante como nadie podrá negar
que aquel mundo arduamente derrotado
tuvo alguna vez rasgos dignos de mención
por no decir notables
habrá de todos modos un museo de nostalgias
donde se mostrará a las nuevas generaciones
cómo eran París el whiski Claudia Cardinale



Mario Benedetti

sábado, 2 de diciembre de 2017

Las enseñanzas del maishtro Bertoldo

Por Víctor Casaus

Con ese título comenzaremos a publicar, en el boletín MEMORIA que distribuye por correo electrónico el Centro Pablo al final de cada mes, uno o varios poemas del maishtro Bertolt Brecht. Lo de maishtro es un guiño/homenaje a otro poeta querido, Roque Dalton, que lo llama así en algunos de sus textos, y de cuyas enseñanzas también, en su momento, se alimentó.

Hace muy pocos días reconstruía, en una conversación teléfónica con una amiga reciente, aquel brevísimo poema de Brecht:

DEBILIDADES

Tú no tenías ninguna.
Yo tenía una:
amaba.

Y quizás por eso, y por revivir en el diálogo mencionado la “Lista de las preferencias de Orge”, y por la mención que hace Silvio en todos sus conciertos de esos “imprescindibles” que hacen posible la maravilla de llevar la (buena) música a las puertas de las gentes que viven, sobre todo, en los barrios modestos o menos favorecidos, como también se les llama, es que terminé de comprender que al boletín del Centro Pablo (y a sus lectores/as sobre todo) nos venían muy bien, además de la sección ya existente (“Poesía necesaria”), estas enseñanzas del maishtro Bertoldo que ya se avecinan.

Comparto aquí ahora este poema bello y útil, que dará inicio a esa nueva sección del Memoria. Encontré esta versión castellana en una búsqueda urgente en internet a la 1 y 43 de la madrugada. Intenté encontrar mi propia versión del poema, incluido en la antología que preparé, con traducciones del alemán hechas por mi amiga Olimpia Sigarroa, en 1970 y tanto. Eran tiempos difíciles. “También se cantará sobre los tiempos sombríos” había dejado dicho, en otro poema memorable, el maishtro Bertoldo.

Yo vivía entonces en 23 casi esquina a 24, en el apartamento al que Silvio me había invitado, cumpliendo un pacto de jóvenes caballeros que habíamos hecho: el primero que tenga casa invitará al otro. Yo vivía con mi madre en un solar de la calle Enna, en Luyanó: una sola cuadra delimitada por el paredón de la Quinta Gallega. Silvio vivía con Argelia, Rolando, Mary y Anabel en el apartamento de Gervasio, dormía en una especie de breve buhardilla, precursora quizás de las barbacoas que alcanzarían su esplendor en décadas siguientes, y componía o trabajaba sus canciones, algunas veces, en el baño del apartamento.

De ahí del segundo piso de la calle 23 yo iba caminando a la casa de Olimpia, que quedaba a dos cuadras, a recibir sus traducciones directas de la poesía del maishtro y a cotejar las versiones finales que iba terminando. A veces pasaban corriendo por la sala Pepe o  Claudia, que todavía, por supuesto, no eran jefe de diseño de la Casa de las Américas ni esposa del trovador Gerardo Alfonso, respectivamente, o llegaba del trabajo Carlos, el esposo de Olimpia. Terminé de armar la antología brechtiana viviendo ya en la comunidad de Jibacoa, donde pasé casi dos años haciendo trabajo cultural con mi familia (Alquimia y Abel), y tuvo su primera edición en 1976, cuando comenzaron a amainar los tiempos difíciles. Después tuvo una segunda edición, en la editorial Arte y Literatura, ya en el año, más tranquilo, de 2007.

Pero nadie –ni yo mismo– parece que ha subido el texto de nuestra antología a la red, de modo que echo mano a esta versión del poema, que difiere en varias cosas, como es previsible, de la nuestra: traduttore traditore (“La mayoría de los traductores conocen la expresión “traduttoretraditore” que significa “traductor: traidor” y tienen sus propias experiencias ...”, me sopla Google al oído).

Para nosotros se llamó “Elogio de la duda”, y no contiene “os” o “vuestras” o “saludéis”. Pero eso es lo de menos. Lo fundamental es lo que dice y cómo lo dice. Aquí va.
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ELOGIO DE LA DUDA

¡Alabada sea la duda! ¡Les aconsejo que saluden
calurosamente y con más respeto al que
ve en las palabras de ustedes un centavo falso!
Yo quisiera que fueran ustedes perspicaces y que
no dieran demasiado fácilmente su palabra.

Lean la historia y vean
en loca huida a los invencibles ejércitos.
Por dondequiera
son atacadas las fortalezas inexpugnables y
los barcos de la Armada, innumerables al zarpar,
pueden ser contados fácilmente
después de la retirada.

Así un día un hombre alcanzó la cima de la montaña
inaccesible
y un barco llegó al final
del infinito mar.

¡Oh bella negación con la cabeza
frente a la verdad indiscutible!
¡Oh cura heroica del médico
al enfermo dado por perdido!

¡La más bella de las dudas, sin embargo,
es cuando los débiles indecisos levantan la cabeza y
no creen ya más
en la fuerza de sus opresores!
¡Oh cuánto se luchó por establecer este principio!

¡Cuántas víctimas costó!
¡Qué difícil fue ver
de qué forma eran realmente las cosas!
Suspirando aliviado lo escribió un hombre un día en el
libro del saber.
Quizás lleva allí dentro largo tiempo y muchas
generaciones
aún vivan con él y lo vean como una eterna verdad
y los sabios detesten a quien no lo conozca.
Y entonces puede suceder que surja una sospecha, pues
            nuevos conocimientos
ponen siempre un principio en discusión. La duda surge.
Y otro día un hombre tacha en el libro de la ciencia
desconfiando de lo establecido.

Atropellado por los comandos, examinada
su aptitud por médicos barbudos, inspeccionado
por seres resplandecientes con condecoraciones doradas,
            prevenido
por curas solemnes que le golpean los oídos con el libro
            escrito por Dios mismo,
enseñado
por maestros impacientes, está el pobre y oye
que su mundo es el mejor de los mundos y que el hueco
en el techo de su habitación fue planificado por el
            propio Dios.
Verdaderamente, le resulta difícil
dudar de este mundo.
Sudoroso se agacha el hombre que construye la casa en
            la que no va a vivir.
Pero también sudoroso se mata trabajando el hombre
            que construye su propia casa.
Esos son los que no tienen reparos, los que jamás dudan.
Su digestión es espléndida, su juicio infalible.
No creen en los hechos, solo creen en sí mismos. En
            caso de necesidad,
los hechos deben creer en ellos. Su paciencia con ellos mismos
es ilimitada. Escuchan los argumentos
con oídos de espía.

Frente a los que no tienen reparos, los que jamás dudan,
están los que siempre tienen reparos, los que jamás actúan.
Ellos no dudan para llegar a una decisión, sino
para alejarse de una decisión. Utilizan
sus cabezas solo para negar. Con semblante preocupado
advierten contra el agua a los pasajeros de barcos que se hunden.
Bajo el hacha del verdugo
se preguntan si no es él también un hombre.
Comentando en voz baja
que el asunto no ha sido investigado, se van a la cama.
Su actividad consiste en oscilar.
Su frase favorita es: aún no está concluso para sentencia.
¡Por supuesto, si ustedes alaban la duda,
no alaben
esa duda que es desesperación!

¡De qué le sirve poder dudar
a quien no puede decidirse!
Se podrá equivocar
el que se contente con muy pocas razones.
Pero quien necesita demasiadas
permanece en el peligro sin actuar.
¡Tú que eres un dirigente, no olvides
que lo eres porque has dudado de los dirigentes!
¡Permite, por tanto, a los dirigidos
dudar!

Bertolt Brecht

jueves, 30 de noviembre de 2017

30 de noviembre

Por René Rodríguez Rivera

Silvio: ya pasó el 11 de noviembre y se aproxima el 30, dos fechas importantes en mi vida. Esta anécdota la encontré en mi diario de Angola, te la envío por si estimas que vale la pena compartirla. Aunque tiene un enfoque personal, indudablemente, lo de Cabinda es un hecho histórico, pues la llegada de nuestra Unidad impidió que se realizara el segundo ataque y allí estuvimos hasta que llegó un Regimiento por vía marítima a fines de Diciembre, y en Enero partimos para abrir el Frente del Este. Abrazo. René.

Siempre, después de aquellos sucesos, me quedó una culpa, una especie de angustia sorda, por no haber podido participar en el alzamiento del 30 de noviembre de 1956 en Santiago de Cuba, en apoyo al desembarco del Granma, a pesar de haberme preparado como todos, realizando prácticas de tiro en una finca próxima a la carretera que conduce al Santuario del Cobre. La precipitación de los acontecimientos, por la llegada del telegrama famoso que decía “Obra pedida agotada” a la calle San Fermín número 358, donde residía el miembro del movimiento Arturo Duque de Estrada, y disponer solo de 48 horas para preparar la acción, le impidió a los compañeros enviarme el esperado aviso a La Habana, donde me encontraba en aquel momento. Después vinieron otras tareas y avatares que no lograron hacer desaparecer aquel sentimiento y que ahora no vienen al caso. Pero, como “la vida te da sorpresas”, 19 años después empecé a liberarme del remanente de aquella culpa que me asaltaba cuando llegaba la fecha.

Comenzó cuando me vi en el entonces aeropuerto militar de Boyeros, subiendo a un avión IL 18 de fabricación soviética con la ultima parte de mi Compañía Especial de 289 hombres y un pelotón de morteros de 120 milímetros. La otra parte de mi Unidad ya había salido en cuatro vuelos anteriores, con un día de diferencia. Era el 28 de noviembre de 1975 y serían aproximadamente las cuatro de la tarde.

La primera escala la hicimos en Barbados, para reabastecer el aparato, el cual no estaba diseñado para el “salto” que íbamos a dar en el océano atlántico. Uno de los pilotos me dijo que llegaríamos a África con el “ultimo suspiro de combustible”. Hubo amagos de registros, las armas iban en el espacio para el equipaje, en el vientre del avión, incluyendo los morteros y sus proyectiles. El Jefe del pelotón del 120 “metió” tremenda arenga y dijo que había que matarnos a todos para registrar. La sangre no llego´ al rio, porque un sobrecargo bajó del avión, mientras lo reabastecían, y le regaló un estuche de ron Havana-Club, con tres botellas, al jefe de los policías barbadenses del aeropuerto. Después me dijo que eso ya lo había hecho varias veces. Viajábamos vestidos de civil, los uniformes iban en nuestras mochilas junto con las armas.

Tras volar toda la noche, llegamos en horas de la mañana a Guinea Conakri. Reabastecieron el avión, y continuamos viaje hacia el Congo Brazzaville, en total 30 horas de vuelo. Al sobrevolar Brazzaville, ya de noche, vimos elevarse desde el otro lado del rio Congo las luces de un avión a reacción del entonces dictador del Congo Léopoldville (que ya había cambiado su nombre por el de Zaire), Mobutu Sese Seko. Nos vigilaba, le llamaba la atención la llegada de tantos vuelos a Brazzaville y según leí después en un libro, la CIA le había informado ya sobre el movimiento de tropas cubanas hacia el Congo.

Mobutu estaba preparando un segundo ataque a la provincia angolana de Cabinda, con una División Elite de sus tropas. El primer ataque, realizado el 11 de noviembre, precisamente el día de la independencia de Angola, había sido rechazado por los cubanos y angolanos que estaban allí, tras varios días de fuertes combates. Nosotros íbamos para ayudar a rechazar el próximo ataque, éramos el refuerzo.

De Brazzaville fuimos en otro aparato a Punta Negra, en el sur del país. Mas al sur quedaba  la ansiada frontera con Cabinda. Previamente habíamos recogido nuestras armas y mochilas. En Punta Negra nos vestimos de verde olivo, nuestro histórico uniforme. En camiones cruzamos la frontera entre el Congo y Cabinda. Los soldados angolanos de la frontera, muy contentos, nos hacían la señal de la “V” de la victoria con sus manos. Era el amanecer del 30 de noviembre de 1975. La vida lo había querido así, eran mis “causas y azares”.

Al llegar a las edificaciones de un antiguo cuartel portugués, próximo a la capital de Cabinda, que sería nuestro campamento, se me acercó el entonces Comandante Wilfredo Colas Coello (Patifino), santiaguero del reparto Madre Vieja que falleció hace unos meses, entonces  Jefe de la Compañía, y que había llegado en uno de los vuelos anteriores. Me preguntó si todo marchaba bien, le dije que si y agregue: “Comandante, hoy es un gran día para todos los santiagueros”, me respondió: “Sí, y nosotros aquí estamos cumpliendo con ellos, con los que cayeron, y con los que están”.

Desde ese día desapareció mi sentimiento de culpa. Lo que vino después es otra historia.