lunes, 15 de enero de 2018

Palabras para inaugurar el Premio Casa de las Américas 2018

La Habana, 15 de enero de 2018.

Hermanos que convoca esta Casa:

Si a un siglo de su nacimiento José Martí fue identificado como responsable de los hechos revolucionarios que inauguraron nuestra etapa libertaria de 1953, también pudiera decirse que esta Casa de las Américas fue fundada por nuestro Apóstol, por su compromiso con los próceres que empezaron las guerras de emancipación continental contra el colonialismo. Para colmo, una joven de la generación del centenario del nacimiento de Martí, protagonista de aquella jornada terrible y simbólicamente hermosa fue, a su vez, quien fundó y animó a esta institución, que ha reunido escritores como haciendo un ensayo hogareño de aquel ideal llamado Nuestra América.

Otro imprescindible de esta Casa, mi amigo poeta y pensador Roberto Fernández Retamar, el año pasado me pidió estas palabras de inauguración al Premio número nº 59. Y es que Roberto sabe que, aunque este entrañable evento aún no ha incluido la modalidad de canción, es incuestionable que aquí se ha cantado mucho, tanto con lírica como con guitárrica.

Por ejemplo, el mes que viene hará medio siglo de que varios trovadores de mi generación estuvimos por primera vez en este mismo salón. Aún no se llamaba Che Guevara, aunque ese fue un nombre que nos sobrevoló aquella noche. Lo que era yo, estaba bastante azorado, casi no me lo creía, porque en febrero de 1968 Casa de las Américas era ya un lugar honroso y querido, liderado por una heroína y respaldado por brillantes artistas y escritores.

Faltaban por llegar muchas novelas, narraciones, piezas de teatro; faltaban inolvidables libros de poesía. Y faltaban por ausentarse, o por sernos arrebatados, varios hermanos queridos. Porque esta Casa y este Premio siempre tuvieron la virtud de reunir a mujeres y a hombres más interesados en la suerte de sus pueblos que en la de sus palabras; gente entregada en el ingenio, pero mucho también en carne y hueso. Así que faltaban por ocurrir sorpresas en muchos escenarios, noticias esperadas o inconcebibles, esperanzas y angustias de diversas honduras.

También faltaban iluminaciones, torpezas, aprendizajes; faltaba tiempo, partícula a partícula, haciendo lo que la brisa y el agua cuando corren. Faltaba, después de la espuma, el sedimento revelador que nos hace reconocer y desafiar, entre las miserias del mundo, lo triste de nuestra propia naturaleza.

A algunos incluso nos faltaba más de la mitad de nuestras vidas, aunque no lo sabíamos. Y todos éramos aprendices de todo: de la historia escrita, de la que pensábamos que faltaba por hacer y escribir y, por supuesto, la de la hormiga cotidiana: la historia real que, entre acorralado y desafiante, ha escrito este pequeño país, capaz de proyectar las enormes luces de sus sueños.

Algunos sueños acaso no los llegaremos a tocar, al menos del todo, porque el acoso constante sin dudas nos limita. Estamos donde una larga, compleja y desigual batalla nos permite. Esto nos ha hecho desarrollar un arte de defensa que nos sostiene. Y aunque el que se defiende bien a veces logra sobrevivir, verse obligado a basar la existencia bajo esa premisa no es lo más saludable.

Quienes hemos sido parte de esta Casa de las Américas durante 59 años tenemos pruebas, en primer lugar, de que el bien es posible, y de que el arte y la cultura son parte de su sustancia. También sabemos que algunas inconveniencias pueden durar más de lo proclamado y que el bien es aún perfectible.

Por esas razones aquí estamos, con la voluntad de ser mejores, de avanzar. Por eso aquí seguimos. Por supuesto que no eternamente y mucho menos por costumbre, sino porque aún somos capaces de estremecernos cuando llegamos a un lugar como esta Casa.

Es como si de pronto se fuera abrir una puerta y entrara una señora con una sonrisa entre pícara y materna, con una mirada entre nostálgica y escrutadora, con una voz de flauta y unos brazos menudos que te rodean, te sostienen y hasta te enderezan, y te hacen pensar que estas a salvo, que realmente puedes decir todo lo que te parece —y hasta lo que imaginas—; extraordinario abrazo que te hace sentir que estás creciendo, o que te hace creer que cuando dices es que creces, y que sólo por eso vale la pena estar vivo.

Gracias a esa y a otras nítidas presencias ahora mismo en esta sala, es que logro decir bienvenidos, hermanos, al Premio Casa de las Américas de 2018.

Muchas gracias.

Jorge Fornet, Roberto Fernández Retamar, yo, Abel Prieto, Marcia Leiseca (foto: ngn)

miércoles, 3 de enero de 2018

La entrevista que nunca se publicó

Por Lillian Lechuga
Recién llegada a Bohemia, mi primer trabajo como periodista entre el 69 y el 70, recibí una de las primeras tareas que me encomendó el entonces director, Enrique de la Osa: nada menos que la de entrevistar a Raúl Roa García, a la sazón ministro de Relaciones Exteriores, llamado Canciller de la Dignidad por sus valientes enfrentamientos con los enemigos de Cuba. Fue igualmente uno de los hombres de mayor erudición de nuestra Isla donde, además, son bien conocidas sus valientes posiciones frente a todos los gobiernos encabezados por astutos gobernantes marrulleros desde la generación del 30 hasta el triunfo revolucionario del 59.
El ministro me citó un domingo a las siete de la mañana. Me enfrenté muy nerviosa a aquel hombre “desordenado, brillante e inquieto” como lo llamara Pablo de la Torriente Brau, su hermano en la lucha y en la vida. 
La encomienda era la de conversar con él sobre la reciente publicación del libro Aventuras, venturas y desventuras de un mambí, dedicado a su abuelo Ramón Roa, coronel en la guerra del 68.
Antes de comenzar la conversación me preguntó sobre aquel objeto que yo había puesto sobre su buró. Cuando le contesté que se trataba de una grabadora, me ordenó que la sacara del despacho. Me quise morir. ¿Cómo iba yo a resolver aquel trabajo con las pocas anotaciones que pudiera tomar de su rápida y nerviosa conversación?
Estuve el fin de semana encerrada en mi casa tratando de cumplir con aquella difícil encomienda después del tiempo que me había dedicado Roa, dilucidando cómo podría interpretar en mis notas al menos algo de lo que aquel hombre tan culto e inquieto me hizo saber. 
Al llegar el lunes, satisfecha y nerviosa, al despacho del director de Bohemia sentí frustración y a la vez un gran alivio, cuando Enrique sin siquiera mirar mi trabajo. Me espetó: “Ah, no te preocupes que Loló de la Torriente, me envió una crónica inmediatamente que salió el libro a la luz y la publicaremos”.

Sobre Aventuras, venturas y desventuras de un mambí un siglo después

“Ramón Roa fue un mambí de pluma y machete. Nació rico, peleó por la independencia de Cuba y murió pobre. Era un hombre del 68”.
Con estas palabras, síntesis de una vida dedicada a luchar por liberar a Cuba de la dominación española, empieza a escribir Raúl Roa García la biografía de su abuelo. La idea de escribirla no había surgido recientemente, sino desde que, a los catorce años, leyó por primera vez A pie y descalzo, libro escrito por Ramón Roa donde narra las vicisitudes de la marcha desde Trinidad hasta Holguín después de su desembarco del buque El Salvador.
Pero la biografía tuvo que esperar. “Al incorporarme a la lucha revolucionaria contra la dictadura de Machado tuve que diferir la ejecución del empeño; mas, solo fue para convertírseme en obsesión”.
Años más tarde, en 1950, buscando en archivos y bibliotecas, logra reunir los escritos de su abuelo y los publica bajo el título Con la pluma y el machete. No fue hasta 1969 que “entre rollos diplomáticos y siembras de café” pudo disponer de algún tiempo para llevar al papel lo que tuvo en la mente durante largos años.
El libro es inclasificable, no responde a ningún patrón. Con palabras de Roa: “El libro es lo que es y salió como salió”. El personaje objeto de la biografía se diluye en ocasiones dentro del mare magnum de episodios y hombres del largo período de historia cubana que abarca el libro. Tiene que ser así puesto que no se puede juzgar y aislar a un hombre de la guerra, sin tener en cuenta la guerra misma, sin analizar minuciosamente todos los momentos.
Roa vindica a su abuelo que, como bien dice, es hombre de carne y hueso que ha cometido errores pero que también ha sido enjuiciado injustamente. Con motivo de su libro A pie y descalzo fue fuertemente atacado por Martí, quien lo acusa de propagar el miedo a la guerra. En relación a esto Ambrosio Fornet en su prólogo al libro escribe:

El culto a los héroes que recorre estas páginas es crítico, como ese a que alude Martí cuando aclaraba que “el culto a la Revolución sería insensato si no lo purgase el conocimiento de sus errores”. Aquí, el propio Martí es sorprendido cometiendo una injusticia personal en nombre de la guerra necesaria.

Resulta evidente que Martí utilizó la polémica con respecto al libro en nombre de la guerra necesaria. Roa lo explica de esta manera: “Aquella escaramuza dialéctica, acabaría, pues, por soldar los pinos nuevos y los pinos viejos en la obra común de liberar a la patria esclavizada. Esa es, precisamente su significación y su trascendencia. No importa ya, a los efectos del objetivo perseguido, y alcanzado, que para lograr la unidad revolucionaria se tomara como pretexto A pie y descalzo, hubiera tenido que dejar Ramón Roa jirones de su honra entre las dentelladas de la emigración y seguir a merced de póstumos detractores”.
Una carta escrita por Martí a su amigo Miguel Viondi, el 13 de octubre de 1879 desde Santander, reafirma la opinión de Raúl Roa: “No pudo serme –dice Martí a Viondi– menos desagradable la navegación. Del capitán, hombre entero y simpático; del sobrecargo Leandro Viniegra, generoso espíritu venido a este empleo después de recias tormentas en la vida, recibí incesantes y no comunes muestras de celosa consideración. Digo esto, porque me complace tener que agradecer. Por muy lisonjera para mí, no le envío la bella y entusiasta carta con que me dijo adiós en nuestro último día de mar el sobrecargo. Tres cubanos, Roa con su fidelísima memoria de cosas pasadas y su leal conducta para conmigo, un joven Ojea y Cárdenas, bueno y fiel, y Luis Más, un estimable y juicioso matancero, fueron mis únicos compañeros de viaje. En la cárcel, sin cesar los vi a mi lado. Hoy, al fin, luego de haber demorado su viaje en espera de resolución de Madrid sobre mí, se han ido los tres. Muy especialmente se ocuparon a bordo de evitarme impresiones penosas –que para mí no lo hubieran sido y no lo fueron– al llegar a tierra”.
El autor destaca el carácter internacionalista de las ideas de su abuelo, quien al llegar a los Estados Unidos se integra a la dirigencia de la Sociedad de Amigos de América, organización que se propone ayudar al pueblo dominicano. Luego se crea la Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico en la que Roa participa también. Colabora estrechamente con el chileno Vicuña Mackenna en Nueva York y, por último, es secretario de Domingo Faustino Sarmiento, designado en Washington por el gobierno de Argentina para desempeñar el cargo de ministro plenipotenciario. Al ser electo Sarmiento presidente de Argentina, Roa lo acompaña a Buenos Aires donde permanece hasta que se entera del levantamiento de Carlos Manuel de Céspedes y sale para Estados Unidos para más tarde venir a Cuba en la expedición de El Salvador.
Y así, entrelazándolo con los hechos y las figuras del 68, aparece y desaparece un patriota, que fue prolífero poeta y mambí decidido junto a Agramonte, Sanguily y Gómez.
“La vida –escribe Fornet– no es un bloque de mármol. Desde el ángulo de sus aventuras y venturas, Ramón Roa ofrecía claramente un rostro épico. Hubiera sido fácil trazar una raya y decir hasta aquí: la biografía de ese personaje que a los dieciséis años fue al destierro y once años después cruzó la Trocha a pie y descalzo, que había asistido a Agramonte y cargado al machete en la vanguardia de Gómez y Julio Sanguily, bien podía escribirse como una epopeya. Pero estaban también las desventuras. Visto desde este ángulo, Ramón Roa ofrecía un rostro dramático. No participó en la guerra del 95. El hombre que a los veintiséis años se imponía a todos los obstáculos, a los cincuenta se sentía aplastado por ellos…”
A través de las páginas de este libro se nos presentan juicios muy justos de las figuras más destacadas de la guerra, tanto para denunciar su falta de condición de revolucionario como para reafirmarlas en su heroísmo.
La figura del general Vicente García se sitúa en el lugar que le corresponde, su actitud deja mucho que desear. Era un hombre valiente, capaz de hacer cualquier cosa, pero es sorprendido constantemente por Roa –quien lo llama “la lechuza de la revolución del 68” tratando de tomar posiciones políticas sin importarle mucho la salud de la guerra revolucionaria. De él dice Roa:

No es necesario reconstruir por sabidos y sobados, los acontecimiento del turbio proceso que desemboca en la sedición politiquera y, por tanto, contrarrevolucionaria de las Lagunas de Varona. Baste señalar que se entretejen con el conato de sublevación del comandante Juan Ignacio Castellanos y el coronel venezolano Cristóbal Acosta y con la deserción en masa, en el campamento de Calixto García, de la caballería de Las Tunas, encabezada por el teniente coronel Sacramento León. En ambas ocurrencias, anda de por medio el secretario de la guerra, general Vicente García.

Roa califica su actitud como “lugareñismo de palangana” y “desapoderado afán de mando”.
Refiriéndose a Maceo, Roa escribe:

Maceo es, sin duda, el jefe insurrecto de más puro instinto revolucionario de la gran década y , por eso, en la hora de las definiciones, fue el más firme, el más audaz, el más decidido, el más intransigente. No podría, sin negarse a sí mismo, admitir ni aceptar la capitulación del Zanjón, paréntesis amargo en una lucha sin tregua. Sin pararse a ponderar obstáculos ostensibles, ni darle entrada a doctas razones, ni atender a miramientos por obligado que se sintiera –dígalo si no Máximo Gómez– Maceo se opuso a toda transacción, a toda concesión, a toda debilidad. Y, empinándose sobre su tiempo y la derrota, que también se le encimaba ineluctablemente, proclamó la necesidad de seguir combatiendo “hasta la última gota de sangre del último patriota”. La disyuntiva “independencia o muerte” no era una metáfora ni un imperativo de conciencia para él: era ineludible elección de su naturaleza revolucionaria.

De la actitud de Vicente García frente a la protesta de Baraguá, leemos: “Vicente García, que habíase arrimado a la protesta de Baraguá como la sardina a su brasa, es el último jefe que capitula. Urgido de comunicarle a la metrópoli la pacificación total de la Isla, Martínez Campos accedió a sus impúdicas exigencias para deponer las armas: setenta mil pesos oro por una finca de 150 caballerías de tierra que poseía en la costa norte de Oriente”.
Además de los acontecimientos finales de la guerra del 68, donde Roa se extiende dando detalles sobre las actitudes de los hombres y de los pormenores de los hechos, nos parece muy interesante también el análisis que hace desde finales de la guerra del 95 hasta la República mediatizada, período en el que deja ver con extremada claridad los factores que van dando origen y fuerza al neocolonialismo en Cuba. Dejemos hablar a Roa, quien refiriéndose a la Enmienda Platt dice:

Su texto contiene un preámbulo y ocho artículos, y aún hoy, cuando ni para papel higiénico sirve por las ronchas que levanta, su lectura incita a la mentada de madre. Y, a propósito, estoy seguro que perdí el sobresaliente en el examen de derecho internacional por haberle censurado ríspidamente al profesor de la materia, Antonio Sánchez de Bustamante –lumbrera entonces del santoral machadista–, la apologética interpretación de la enmienda que hace en una clase.
El primer aparato ortopédico del neocolonialismo constituye una cínica violación de los derechos soberanos, nacionales e internacionales, del pueblo de Cuba y un escarnio indignante a sus sacrificios, abnegaciones y proezas durante treinta años de combate por la independencia. Engarfia nuestro destino a los intereses y conveniencias políticas, económicos, militares y diplomáticas del gobierno yanqui. Este se reserva, en forma tan insolente como taxativa, la potestad de intervenir, cada vez que le venga en ganas, en los asuntos internos de la Isla, de quitar y poner los gobernantes, de imponer, para su defensa estratégica, la venta o arrendamiento de “los terrenos necesarios para carboneras o estaciones navales en ciertos puntos determinados que se consideren con el presidente de los Estados Unidos” y obligar al futuro gobierno cubano a insertar estas condiciones en un tratado permanente. 
Esta humillante y férrea camisa de fuerza constituía, como se ha dicho, el sustitutivo de la anexión y la garrocha del ulterior salto predatorio del imperialismo yanqui en el Mar Caribe y en el sur del continente. Corolario de la doctrina de Monroe, la Enmienda Platt le imprimiría fuerza internacional a este instrumento de hegemonía norteamericana en América.

El libro está lleno de datos importantes y de análisis muy valiosos. Es interesante la opinión del autor con respecto a la vanguardia revolucionaria que lleva al pueblo a la lucha armada tanto en el 68 como en el 95. El movimiento revolucionario en el 68 descansa sobre una vanguardia constituida en su mayoría por terratenientes ricos: “Pero serán precisamente desprendimientos de esta clase pudiente, ilustrada, conservadora e irresoluta –sus miembros más capaces, osados, progresistas, decididos y patriotas– los que, al abrazar y difundir los ideales e intereses de la nación, constituyen en las vísperas del 10 de octubre de 1868, el foco revolucionario de vanguardia que arrastrará a la lucha armada a los sojuzgados y desposeídos”. Roa resume esto en una sola frase: “se suicidan como clase y renacen como hombres”. Refiriéndose a la vanguardia de la guerra del 95 Roa escribe: “La vanguardia de la lucha de liberación que se avecina está compuesta básicamente por hombres oriundos de la cantera popular y se apoya en forma orgánica en la pequeña burguesía de la ciudad y del campo, en la clase obrera agrícola y urbana y en los campesinos desposeídos. Por sus raíces sociales es una guerra del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Su vanguardia personifica la conciencia de los intereses de la nación en una fase más alta de desarrollo del proceso revolucionario.
La clase burguesa en Cuba no tomó parte como tal en ninguna de las dos guerras contra España. En la del 68 todavía no existía como clase. “Su embrión –dice Roa– se malogra al rehuir los grandes hacendados azucareros criollos la alternativa de desarrollo capitalista planteada por los hechos e injertar los métodos de producción y las innovaciones tecnológicas creadas por la burguesía en el sistema de trabajo esclavista, con el consiguiente endurecimiento de las relaciones jurídicas en que se asentaba el régimen de tenencia de la tierra”.
En la segunda etapa revolucionaria ya la clase burguesa está en proceso de formación pero todavía es débil y tiene gran dependencia con los hacendados cubanos y los comerciantes españoles. “Políticamente se adscribe al partido Autonomista. Es contrarrevolucionaria y colonialista. Fue desde sus orígenes, una genuina burguesía antinacional”.
El libro nos da una visión clara de lo que verdaderamente fue la Historia de Cuba en el período que abarca desde 1844 hasta 1912, época en que le tocó vivir a Ramón Roa. En la obra encontramos todo lo que ha necesitado el autor por lograr el fin que se propone: vindicar a su abuelo, y situar a cada cual en el lugar que debe ocupar de acuerdo con su participación y su actitud en la lucha revolucionaria contra los intereses españoles. Por eso el libro va más allá de la biografía, de la historia. Se lee como una novela, una vez que nos metemos en él llegamos hasta el final. Raúl Roa es un hombre de la generación del 30 pero su libro refleja el espíritu de un hombre de nuestra generación.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Cancion de Navidad (toma dos)

El fin de año huele a compras,
enhorabuenas y postales
con votos de renovación.
Y yo, que sé del otro mundo
que pide vida en los portales,
me doy a hacer una canción.

La gente luce estar de acuerdo,
maravillosamente todo
parece afín al celebrar.
Unos festejan sus millones,
otros la camisita limpia
y hay quien no sabe qué es brindar.

Mi canción no es del cielo,
las estrellas, la luna,
porque a ti te la entrego
que no tienes ninguna.

Mi canción no es tan sólo
de quien pueda escucharla,
porque a veces el sordo
lleva más para amarla.


Tener no es signo de malvado
y no tener tampoco es prueba
de que acompañe la virtud.
Pero el que nace bien parado,
en procurarse lo que anhela
no tiene que invertir salud.

Por eso canto a quien no escucha,
a quien no dejan escucharme,
a quien ya nunca me escuchó,
al que en su cotidiana lucha
me da razones para amarle,
a aquel que nadie le cantó.
Mi canción no es del cielo,
las estrellas, la luna,
porque a ti te la entrego
que no tienes ninguna.

Mi canción no es tan sólo
de quien pueda escucharla,
porque a veces el sordo
lleva más para amarla.

(1988)

jueves, 21 de diciembre de 2017

¡Oh, Jerusalén...!

Por Jorge Dávila Miguel

…Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! !Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos bajo sus alas y no quisiste!
Mateo 23:37

Cincuenta y siete países musulmanes declararon hace dos días en Estambul, Turquía, a Jerusalén como capital de Palestina[i]. Esto, a pesar de que Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel, había asegurado que muchos países seguirían el ejemplo del presidente Donald Trump. Como todos sabemos, Trump declaró la semana pasada a Jerusalén como la capital de Israel con la misma serenidad con que se toma un jugo de naranja. Posiblemente Netanyahu, --quien se encuentra bajo investigación policial debido a cargos de corrupción-- no considera “países” a los musulmanes sino solamente a los europeos, y dijo a la prensa que no le preocupan demasiado.

Y hablando de prensa, en este caso la americana, que ha sido muy tímida, cuando no silente, al no criticar a Trump por una decisión cuando menos imprudente y cuando más criminosa. A Trump se le critica tanto si estornuda como si quiere sacar adelante una ley. Pero en el caso de una decisión como esta, que no solo aísla a Estados Unidos, sino que lo enfrenta aún más al mundo árabe y lo descalifica para ser un promotor de un tratado palestino-israelí, la vida sigue igual, entretenida entre la cobertura del rollo ruso y las mujeres ofendidas. La imposibilidad de que el presidente Trump llegue a posar en la tradicional foto de los presidentes norteamericanos entre los líderes israelíes y árabes dándose la mano, como Carter, Clinton, Bush y hasta Obama es, después de dicha decisión, obstinadamente difícil.

Pero todo, tal vez, tenga un perfecto sentido. Netanyahu y la “teocracia constructora” de asentamientos ilegales judíos cuya ideología es la que anima a los que gobiernan actualmente a Israel, no quieren en el fondo de su corazoncito ningún proceso de paz. Netanyahu incluso lo ha dicho públicamente[ii]. ¿Para qué y por qué?, si de su parte está la fuerza militar y la incondicional alianza con la mayor potencia del mundo. Entre Estados Unidos y el Estado de Israel existe un perfecta armonía y misteriosa simbiosis, y mirándolo bien, no se sabe muy bien cuál de los dos países es cliente de cuál.

La respuesta de los países musulmanes en Estambul a Trump y Netanyahu ha sido firme. Mahmoud Abbas, presidente de la Autoridad Palestina, declaró que “no aceptarán mas el rol de mediador de Estados Unidos”. “Habrá que buscar otro mediador”, dijo Tayyip Erdogan presidente de Turquia, y que muy posiblemente será Rusia, quien ya desplazo a Estados Unidos como jugador en el conflicto sirio, después de la mal trazada “línea roja” de Barack Obama para Bashar al Assad y aquellos misteriosos ataques químicos.

Es un hecho innegable la legitimidad y el derecho a la existencia del Estado de Israel. No solo por la larguísima historia de ese pueblo, sino por la coherencia nacional que han mantenido durante siglos en su diáspora. Coherencia nacional que no llegan a tener la mayoría de las naciones que han contado mucho más fácilmente con un territorio para establecer su estado. La contribución del pueblo judío a las artes, la economía, la filosofía, la ciencia y la política avalan con creces la importancia planetaria de ese pueblo en la conciencia colectiva y la herencia mundial. Y es por eso, además de por su condición histórica de pueblo perseguido, que no se entiende muy bien la misión de ciertos gobernantes del estado de Israel, y de quienes los eligen, no solo de desplazar al pueblo palestino de sus legítimos territorios nacionales, sino de incluso negarle mediante alambicados estudios académicos la realidad su histórica presencia en dicha zona. Oh Jerusalén, cuantas injusticias se cometen en tu nombre.

La Corte Internacional de Justicia, La Asamblea General de las Naciones Unidas y el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas​ catalogan a Israel como "Potencia Ocupante" después de la guerra de 1967. El este de Jerusalén es parte de los territorios ocupados. Es fácil decir que en Naciones Unidas hay un permanente e injusto ataque contra el Estado de Israel, como dijo la embajadora norteamericana Nikki Haley; pero lo que también habría que dilucidar es si desde Estados Unidos de América hay una pertinaz e injusta complacencia con el Estado de Israel.

Fuente: http://www.elnuevoherald.com/opinion-es/article189819044.html

domingo, 17 de diciembre de 2017

Diciembre: mes de Pablo de la Torriente Brau

Por Víctor Casaus

Este mes de diciembre de 2017, el día 12, se cumplen 116 años del nacimiento de Pablo de la Torriente Brau en San Juan, Puerto Rico. Este mes de diciembre, el día 19, se cumplen 81 años de su caída en combate, en Majadahonda, España, defendiendo la República agredida y enfrentando el naciente fascismo.

Esas fechas explican el sentido del título de esta crónica pabliana, iniciadora de un pequeño ciclo que publicaré en las próximas semanas, quizás meses. Esas crónicas alternarán –o se unirán– a otras que escribo o he escrito en tiempos recientes: las crónicas desde el sur con experiencias, noticias, visiones desde Argentina y sus territorios adyacentes, y las crónicas del día a día en las que trato de lidiar desde la palabra con la cotidianidad circundante, y que incluyen, por supuesto, la crítica necesaria a lo mal hecho y a lo peor pensado: dos males que van ganando terreno, a veces con prisa pero lamentablemente sin pausa, entre nosotros, poniendo en peligro sueños largamente soñados –algunos no siempre o no totalmente alcanzados– y abriendo brecha al desánimo, la desidia, la corrupción y otros jinetes de un apocalipsis que algunos vaticinan, otros azuzan y otros temen.

Las fechas incluidas en el primer párrafo explican, decía, el sentido del título de esta crónica. Y me parece útil que cumpla esa función aclaratoria para que no se vaya a dar al título de marras un sentido que de ninguna quiere tener: ese que apunta a la efeméride como un mecanismo repetitivo y cíclico que, cuando se maneja deficientemente por los medios de comunicación, termina cumpliendo un objetivo opuesto a la noble intención que muchas veces las impulsa: alejan al receptor o la receptora de la fecha o la figura homenajeada. Porque las efemérides tienen, efectivamente, un peligroso doble filo: por un lado, es cierto, pueden servir para resaltar valores o hazañas entrañables y ejemplares o pueden convertirse, si se las usa con torpeza o ensañamiento, en su contrario. Ese modo erróneo de manejarlas produce la falsa percepción de que la historia es simplemente –sí, simplemente– una sucesión interminable y a veces previsible de efemérides galopantes. Esa es otra forma de decretar o producir el fin de la historia.

Pero estamos hablando aquí, por suerte, de alguien que es la negación rotunda y vivaz de lo dicho anteriormente: Pablo de la Torriente Brau, quien vivió su vida corta e intensa sobre el filo del compromiso creciente con la lucha sin abandonar el humor acompañante ni la capacidad ejercida junto a otros compañeros de generación, como Raúl Roa, de analizar la historia, la política, la vida, con cabeza propia y corazón sensible y ardiente. Me parece bueno y útil recordar estas cosas sobre todo después de leer loas implacables, adjetivos –los mismos– distribuidos a granel, elogios despiadados, hacia quien vio la lucha como algo natural y propio, sin abandonar, como decía, el humor imprescindible. Por eso explicó así, en carta desde Nueva York a sus compañeros de lucha que habían regresado a Cuba desde el exilio, aprovechando las rendijas de una frágil amnistía, los orígenes de su decisión de irse “a España, a la revolución española”, después que “la idea hizo explosión en mi cerebro, y desde entonces está incendiando el gran bosque de mi imaginación”:

Ustedes me han confundido un poco con un organizador o algo por el estilo. Muy lejos estoy de ello, a mi más profundo y sincero juicio.  A España tal vez vaya en busca de todas las enseñanzas que me faltan para ese papel, si es que alguna vez puedo dar de mí algo más que un agitador de prensa.Y no me arrastra ninguna aspiración de mosquetero. Voy simplemente a aprender para lo nuestro algún día. Si algo más sale al paso, es porque así son las cosas de la revolución. Como si me vuelve cojo una granada.

Así, con sus palabras –las buenas y “las malas”– escribió aquel “mocetón alto, de musculatura atlética, pelo oscuro, frente dilatada, voz grave, mentón altivo, sonrisa franca, mirada diáfana y jocundo talante" (como lo recordaba su amigo entrañable Raúl Roa) la crónica periodística  más completa de la fallida revolución del 30 y reunió, en sus papeles escritos durante sólo tres meses en la contienda española, uno de los testimonios más intensos, humanos y estremecedores de lo que después se denominaría la guerra civil española.

A los dos meses de llegar al escenario de la guerra, cuando las fuerzas golpistas estrechaban día a día el cerco de Madrid, Pablo decide hacerse comisario de guerra del ejército republicano. Él mismo lo narra en una de sus cartas, escrita el 11 de noviembre:

Por lo pronto, mi cargo de comisario de guerra con Campesino acaso sea un error desde el punto de vista periodístico, puesto que tengo que permanecer alejado de Madrid más tiempo del que debiera, pero, para justificarme plenamente, comprenderás que en estos momentos había que abandonar toda posición que no fuera la más estrictamente revolucionaria de acuerdo con la angustia y las necesidades del momento.

Aquella decisión magnífica de Pablo ha sido interpretada por algunos, según hemos vuelto a leer en estos días de efeméride, como el “abandono” definitivo de la pluma a favor del necesario fusil, como si ambas proyecciones, ambos oficios, no pudieran alcanzar, en algunos casos, valores semejantes. Comentaristas de estos días parecen a veces regocijados con la idea de ese “abandono” de la labor periodística: es la visión maniquea, en blanco y negro, de la situación y sobre todo del protagonista, cuya personalidad y pensamiento rechazaban toda visión simplista de la realidad, de la vida personal y de la historia. Por eso es el propio Pablo quien responde desde entonces, en la línea siguiente de la carta citada:

Más adelante, cuando mejore sensiblemente la situación, abandonaré este cargo y podré maniobrar más libremente.

Si hubiera llegado ese momento –y no la muerte en combate el 18 o 19 de diciembre–, Pablo quizás habría escrito aquel libro que anunció en las notas de sus cuadernos de guerra. Se titularía La leche de Buitrago y se centraría probablemente en lo que vio y vivió en Buitrago de Lozoya, 70 kilómetros al norte de Madrid, donde se estableció el frente desde las primeras semanas del alzamiento cuando los improvisados milicianos del Quinto Regimiento, al mando de oficiales como Francisco Galán o Valentín González, el Campesino, paralizaron la ofensiva franquista rumbo a Madrid, que ya parecía indetenible. En las trincheras de ese pueblo Pablo, el primer periodista que había subido hasta allí, según le comentaron los jefes militares de la zona, fue la voz de América, polemizando con el enemigo, de parapeto a parapeto, a viva voz y con argumentaciones y pasión tales que los propios adversarios terminaban gritando desde las trincheras opuestas: ¡Que hable el cubano!

Pablo no pudo escribir aquel libro anunciado pero crónicas como las del parapeto, unidas a catorce cartas enviadas desde España, fueron reunidas en la primera edición de Peleando con los milicianos, el libro que sus compañeros financiaron y publicaron en México en 1938. La primera edición de ese libro hecha en Cuba, en el año 1962, mutiló, sin sonrojo, algunas cartas y crónicas de Pablo para que no apareciera el nombre de el Campesino, aguerrido, intuitivo y contradictorio jefe militar republicano que derivó, después del fracaso español y de su exilio en la Unión Soviética, hacia la corriente ideológica del trotskismo. Esa burda operación castradora se repitió –mecánica o intencionadamente, todo es posible– en la segunda edición cubana 25 años más tarde. Los textos escritos por el cronista en España, más las cartas neoyorquinas donde explica su decisión y se comentan las arduas gestiones hechas para poder trasladarse a España, fueron reunidos, respetando su contenido original, como corresponde, por Ediciones La Memoria del Centro Pablo en el año 1999.

Ese respeto a la verdad histórica –que otro testimoniante mayor, Ernesto Che Guevara, califica como imprescindible en una de sus agudas cartas de la década del 60 del pasado siglo– ha estado siempre presente en los trabajos y las valoraciones que el Centro Pablo ha realizado –y seguirá realizando– acerca de hechos, figuras y situaciones de la historia cubana: no hay otra manera de ser consecuente con la memoria del cronista que da nombre a la institución. De él hemos aprendido –y compartido después– su visión humana, completa y compleja, revolucionaria de valorar la figura del héroe en la historia, en la vida, que se expresa con emotiva elocuencia y pasión en el artículo que escribió en Nueva York para recordar la caída de Antonio Guiteras y el internacionalista venezolano Carlos Aponte en El Morrillo, Matanzas, ocurrida en mayo de 1935:   


(Guiteras) tuvo, arrastrado por su fiebre, el impulso de hacerlo todo. E hizo más que miles. Y tenía el secreto de la fe en la victoria final (...) Tuvo también defectos. El día del castigo no hubiera conocido el perdón. Era un hombre de la revolución. Tampoco tuvo nada de perfecto.
Ellos fueron hombres de la revolución. Y ni me interesa ni creo en el "hombre perfecto".  Para eso, para encontrar eso que se llama "el hombre perfecto", basta con ir a ver una película del cine norteamericano.

Junto a esas enseñanzas de carácter ético que Pablo nos legó en su vida y en su obra se encuentran también, por supuesto, como puntos de partida para el análisis y el debate de su obra periodística y testimonial y de sus conceptos acerca de lo que debía ser un medio de comunicación revolucionario, muchos ejemplos respaldados por su labor incesante frente a la máquina de escribir, después de haber visto –o vivido, o ambas cosas– muchos de los sucesos que narró con palabras precisas y atractivas, cultas y populares a la vez. Ahí están, para mencionar sólo algunos, sus 105 días preso, su Tierra o sangre (Realengo 18) o su monumental Presidio Modelo, libro fundador del género testimonial moderno en nuestra literatura –y en zonas de la literatura hispanoamericana.

Para los que hoy nos preocupamos por el nivel, los alcances reales y los retos de nuestra prensa y de nuestros medios de comunicación actuales en general, creo que valen mucho las enseñanzas que pueden sacarse del párrafo que voy a compartir a continuación. Se trata del fragmento de una carta escrita en Nueva York a su hermano Raúl Roa y se refiere a la publicación clandestina Frente Único, que editaba O.R.C.A. (Asociación Revolucionaria Cubana Antimperialista), fundada por ellos junto a otros compañeros para combatir la dictadura de Batista-Caffery-Mendieta que desgobernaba a la Isla en aquellos momentos.

No me gustan elogios totalitarios.  Eso de que el periódico está estupendo no me interesa. Por bueno que quede, siempre hay que ver las mejorías a introducir. Ahora, con este material que me mandas estoy entusiasmado, porque tendrán nerviosismo, variedad, imparcialidad y agresividad. Todo eso hay que darle siempre, además de optimismo revolucionario hasta que se pueda. Y para ello, la nota vibrante, el insulto de vez en cuando, la ironía feroz y hasta la burla cruel y hasta popular […] son necesarias.  Con todo ello quiero decirte que me viene muy bien todo ese material que me envías; que voy a llenar de títulos el periódico, de vivacidad, de juventud revolucionaria que es lo que le falta a casi todos los almacenes de manifiestos en que se están convirtiendo los órganos revolucionarios. Y a otro asunto, carajo.

No viene nada mal ese final pabliano para iniciar este ciclo de crónicas. Aquí está. Aquí estamos.